Y entonces, cuando se les terminan las informaciones de los actores sociales de esta media isla, después de cualquierizarlos, emitir e imprimir sus defectos en grado superlativo, se refugian en notas acerca de personajes de otros lugares, gente totalmente ajena a nuestra realidad; esa es la verdad sobre esos que dicen llamarse cronistas de arte, pero hacen todo menos dar las crónicas del arte, su vida ronda alrededor del mundillo de la vida nocturna formado por figuras de los negocios, el deporte, la política y el espectáculo, sobre todo el espectáculo.
En otro lugar ante el vacío de las ideas en sus cabezas, cuando las pantallas de sus computadoras no tienen oraciones, ni noticias, ni reportajes, se refugian en la red, en busca de las ideas de otros, en busca de los trabajos de unos a los que intentan parecerse. Con el reloj en su contra para llenar las páginas de los diarios, las ruedas de la imprenta ávidas de iniciar su labor, y los ejecutivos batallando para no perder su posición, el poder que se atribuyen como cuarto, el cual se erigieron en base a la verdad que dicen profesar. La sala de redacción muestra su presión habitual, el correr de los segundos en el reloj, el café gastándose en los labios de los escritores, y el producto estelar en algún rincón de las calles del intrincado mapa social que gravita en estos predios, quizás llegue vía un correo electrónico, o publicado en algún sitio de la red; lo importante es que llegue o los consumidores de la información no recibirán su desayuno matutino.

