Es tiempo de gozo, de festejo. Hemos sobrevivido otro año más entre la corrupción, el maltrato a los ríos, la depredación de los bosques, las migraciones haitianas, la falta de educación, los problemas en salud y suministro energético, las deficiencias del transporte, el circo-teatro de los políticos, la explotación de la misma oligarquía, del tedioso trabajo para pagar impuestos que financian campañas electorales y compran asientos en el congreso.
Aunque no estamos contentos de tener una nación en la cual las mejores playas sean privadas, las mejores tierras estén cercadas, desde el norte se diga que hacer, los narcos tengan un puerto antes de enviar su mercancía al imperio, se subsidien a los padres de familia, se permita la construcción sin permisos algunos, se reparta el erario en dadivas, se arrabalicen las vías publicas, los bancos sigan cobrando altos intereses por prestar mis ahorros y a mi me retribuyan poco.
Celebro por los pocos cumpleaños de la patria que festejaré si a esta y las nuevas generaciones no se les enseña a respetar los símbolos patrios, a seguir los ideales de nuestro padre ideológico, a definir su nacionalidad en un confuso mundo globalizado, a enarbolar el cruzado pendón para defender el Sancocho de siete carnes de la invasión de las hamburguesa con etiquetas de barras y estrellas, al jalao del Milky way, a los reyes magos de Santa Claus, el día de los fieles difuntos de el Hallowen y sobre todo a que salgan a enarbolar sus banderas los veintisiete de febrero y dieciséis de agosto de cada año y se olviden del cuatro de julio y el día del Pavo (día de acción de gracias ¿Qué es eso?).








