Al parecer la vieja práctica de envasar alcohol etílico mezclado con agua y colorante no ha mermado.

Recientemente la policía ha desmantelado un laboratorio clandestino que operaba en un barrio del norte de la ciudad de Santo Domingo de Guzmán. Allí sorprendieron a tres personas que envasaban su mezcla en botellas de marcas reconocidas de ron, whiskey y vodka; las tres bebidas más populares de las jaranas nocturnas de la ciudad y los encuentros entre amigos.

Yo  recuerdo cuando niño para los amantes a las bebidas finas y costosas que llegaban hasta mi casa a secar el minibar, les envasaba bebidas baratas en botellas de marcas cuyos bolsillos no podían alcanzar, las cuales iba coleccionando de distintas actividades sociales. Lo mejor del chiste era escuchar sus frases laudatorias al excelente trago que tomaban denostando la que realmente se habían tomado: “Yo no tomo tal marca, eso es para quienes no tienen un duro”, “¡este es el mejor whiskey que hay!”, “Me encanta visitarle…usted siempre distinguiendo a sus invitados con bebidas de calidad”, entre otras payaserías e idioteces salidas de las bocas de intelectuales y profesionales  beodos,  que asiduamente frecuentaban mi casa a compartir ideas, hablar, charlar y exponer sus teorías a cambio [supongo] de esos tragos y uno que otros bocadillos, o simplemente por celebrar la amistad.

¿Y en los bares, discotecas, clubes nocturnos, restaurantes; No estarán adulterando las bebidas? ¿Quién garantiza la calidad de lo que te sirven cuando, en ocasiones  ni siquiera te muestran las botellas?, supongo que los del laboratorio clandestino no son los únicos en el negocio y ellos están en esto porque tienen clientes. Por la cantidad decomisada por las autoridades el negocio es rentable. Lamento que la nota no mencione los clientes de estos individuos y  que los pseudo-periodistas, enfocados en pseudo-política, no profundicen en el asunto indagando cuáles son los comercios y los propietarios que se permiten engañar a sus clientes vendiéndoles bebidas adulteradas.

La verdad es que a veces me han preguntado si yo soy abstemio y mi respuesta es la simpleza de decir que no me gusta el alcohol, para no complicar y aguar la fiesta a quienes me invitan; pues por lo general han desembolsado una cantidad de dinero que me resulta excesiva para comprar setecientos cincuenta mililitros de una mezcla cuyos ingredientes, origen e historia desconocen.

Solo me queda recomendar a los bebedores: Cuiden lo que ingieran, pues no lo que vean sus ojos sea lo que queme su garganta.

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